Ensayo

Ciencia Natural y Filosofía de la Naturaleza: ¿enemigas?

Ciencia Natural y Filosofía de la Naturaleza: ¿enemigas?

Ciencia Natural y Filosofía de la Naturaleza: ¿enemigas?

En un contexto en el que la filosofía parece haber sido relegada de las grandes preguntas, la autora aboga por el valor de este saber, sin el cual la comprensión del mundo no sólo estaría incompleta, sino que sería mucho menos rica.

En un contexto en el que la filosofía parece haber sido relegada de las grandes preguntas, la autora aboga por el valor de este saber, sin el cual la comprensión del mundo no sólo estaría incompleta, sino que sería mucho menos rica.

En un contexto en el que la filosofía parece haber sido relegada de las grandes preguntas, la autora aboga por el valor de este saber, sin el cual la comprensión del mundo no sólo estaría incompleta, sino que sería mucho menos rica.

Nov 6, 2023

Nov 6, 2023

Los orígenes de la filosofía de la naturaleza se confunden con los del mismo pensamiento racional. Desde los presocráticos, hay escritos bajo el título “Sobre la naturaleza” o “Metafísica” (más allá de la naturaleza), que, junto a autores posteriores como Aristóteles, Platón, los estoicos, comentaristas grecorromanos, árabes o cristianos, contribuyeron a proyectar lo que conocemos como filosofía de la naturaleza. Los primeros siglos de la modernidad son la edad de oro de esta filosofía, aunque parezca incompatible al ser el momento en que se gesta la ciencia moderna. Sin embargo, es erróneo pensar que hubiera una hostilidad entre ambas modalidades desde el primer momento, y se ve claro en el hecho de que la mayor obra de la historia de la ciencia lleva por título Principios matemáticos de la filosofía natural. Más tarde, sí será evidente la rivalidad entre ellas, sobre todo por la crisis de la filosofía de la naturaleza que comenzó con la síntesis wolffiana en siglo XVII.

A partir del XVIII, la filosofía de la naturaleza se disgrega en una serie de formulaciones parciales, inconexas e incompatibles; y los científicos positivos se sentirán alejados completamente del lenguaje y especulaciones filosóficas. Esta fragmentación se puede remontar a la Antigüedad, como secuela de la división platónica entre mundo sensible e inteligible, y la posterior división de Aristóteles entre las ciencias físicas y ‘las que razonan’. En la Edad Media, este divorcio se ve reforzado por la incompatibilidad del sistema ptolemaico a la cosmología aristotélica, lo que lleva a la teoría de la doble verdad y a sostener la veracidad del método matemático, por un lado, y el filosófico por otro. Sin embargo, el interés por la filosofía propiamente dicha se fue perdiendo, lo que también está relacionado con el giro formalista que se imprime en ella, que la incapacita para referirse en directo a las cosas mismas y la convierte en una reflexión de segundo grado. La separación se acrecentó por más factores, como la tendencia a la especialización temática, la proliferación de metodologías particulares, la dificultad para medir y cuantificar ciertos conceptos, etc.

Ahora bien, para comprender correctamente esta separación entre ciencia y filosofía de la naturaleza, se deben conocer las acepciones del concepto de ‘naturaleza’. La RAE recoge veintiuna, que podemos dividir en dos grupos según sus orientaciones generales: uno de carácter extensional y otro intensional. El primero propone la Naturaleza como un conjunto vasto de elementos, un conjunto de cosas encerradas dentro de unos límites. El segundo grupo define la naturaleza como la propiedad que da unidad a la diversidad de seres, como el principio engendrante (la esencia, sustancia o ser de cada cosa). Por otro lado, si se entiende lo natural como la dimensión más próxima a los sentidos, y al mismo tiempo como algo dotado de una consistencia ontológica propia, estaríamos hablando de lo que en el pensamiento mítico se corresponde con lo profano y lo sagrado respectivamente. Esta dicotomía de lo sensible y lo inteligible, presente en Platón, implica que la verdadera naturaleza de las cosas no está en lo que nosotros llamamos Naturaleza, sino lejos de ella (o antes de ella). Por tanto, el concepto de naturaleza es complejo, y su definición no es precisamente desde el punto que partimos, sino hacia el que nos dirigimos.

La filosofía de la naturaleza concibe esta como conjunto de cosas inmersas en el tiempo y el espacio, que se pueden captar por medio de los sentidos o inducir razonablemente a partir de ellos. El logos es el medio fundamental de articulación y síntesis de esta disciplina. La diferencia entre la filosofía de la naturaleza y la ciencia de la naturaleza es que a la primera le interesan todos los fenómenos físicos, el filósofo como amante de la sabiduría; mientras que al científico, solo los de tipo particular. Sin embargo, aunque parece que quien se ocupa de un objeto más general depende del que estudia una parte de él, es decir, que la filosofía va a remolque de la ciencia, también pasa lo contrario. Es una dependencia recíproca. Por esto, los filósofos se preguntan por qué se impugna la legitimidad de su ciencia si no pretende ir más lejos de lo que muchos científicos hacen, y solo llegan a la conclusión de que es por los contenidos empíricos y el significado de las formulaciones matemáticas. Empero, el filósofo abarca más que el científico y, por tanto, tiene que conocer de otro modo, no así siendo menos legítimo que el método de la ciencia.

En definitiva, la ciencia de la naturaleza y la filosofía de la naturaleza son ramas de un mismo conocimiento, el primero más particular y el segundo más general. Aunque no existiera una rivalidad desde el principio entre ambas disciplinas, sí que encontramos una división desde la Antigüedad que se va acrecentando y provocará que se pierda interés en el método filosófico, sobre todo por no poseer contenidos empíricos. Lo correcto sería integrar ciencia y filosofía en una visión amplia del conocimiento racional de la naturaleza, aunando la forma metódica y la reflexión a través del razonamiento.

A mi juicio, en el panorama actual, la filosofía es inmanente y subjetiva, de ahí la crisis y desvalorización de esta, al no apoyarse en principios y valores fundamentales. La filosofía ha sido

relegada al ámbito político y social, y ya pocas veces se concibe como metafísica, filosofía de la religión o del conocimiento general. Es decir, la filosofía se ha convertido en una reflexión sobre la modernidad y no sobre sí misma. Sí es verdad que preguntas como el tiempo, la existencia, la muerte o el espíritu siguen planteándose hoy, pero la gran mayoría admite las explicaciones científicas sin dejar lugar a los razonamientos filosóficos. Que la filosofía quede rezagada con las evidencias científicas es un craso error, al igual que el hecho de que solo plantee cuestiones actuales y no se centre en el saber en sí. No habría ciencia sin filosofía, por lo que es absurdo pensar que ‘la filosofía ha muerto’, como afirmó Hawking. Caer en el cientificismo es ir en contra de la naturaleza humana, por lo que la discusión entre ambos bandos carece de fundamento: ambos están a favor del estudio racional del mundo.


Ana Jara Alonso

Ana Jara Alonso