Reflexión

El tiempo todo lo cura

El tiempo todo lo cura

El tiempo todo lo cura

¿Esperar un tiempo es la cura a todas nuestras aflicciones? La autora de este texto argumenta que, más allá del tópico, muy a menudo hace falta algo más que eso.

¿Esperar un tiempo es la cura a todas nuestras aflicciones? La autora de este texto argumenta que, más allá del tópico, muy a menudo hace falta algo más que eso.

¿Esperar un tiempo es la cura a todas nuestras aflicciones? La autora de este texto argumenta que, más allá del tópico, muy a menudo hace falta algo más que eso.

Feb 12, 2024

Feb 12, 2024

‘El tiempo todo lo cura’. Nos refugiamos en este refrán cuando el final de una relación nos deja una profunda herida, cuando nos alejamos bruscamente de un amigo, cuando nos vemos forzados a dejar familia atrás o cuando lo nuevo se atraviesa descaradamente en nuestra vida sin preguntar y dejándonos un sabor nostálgico en la lengua. Y nos ayuda, nos consuela, nos esperanza porque hace que nos proyectemos en el futuro como personas que están en paz con las circunstancias y que encuentran la belleza en su presente; todo gracias a tener paciencia y dejar que el tiempo pase, que fluya y que se adentre en nosotros y nos sane. Pero la verdad es que eso es mentira: el tiempo no todo lo cura.

El tiempo es aquel espacio relativo que a veces corre y que se puede llegar a parar; es perceptivo y, aunque tengamos un reloj al que adherirnos o un sol que indica paso, no está determinado por ninguna fuerza mayor más que la que nuestra experiencia le otorga. El tiempo no es un agente generador, no tiene otro efecto en el ambiente más que el que nosotros le damos a través de un intento inútil de comprender la realidad. Por eso hay gente que vive relajada y sin prisas, y gente que se siente desesperada al ver arrugas en su cara; hay gente que ha sabido dominar el tiempo y entender su imaginario poder ordenador, y gente que lo ha elevado a un plano superior dejando que domine su vida. Si visualizamos esta característica pasiva del tiempo entenderemos que no es él el que todo lo cura; sin embargo, es necesario para sanar.

El tiempo nos da un espacio para la asimilación y el entendimiento. El tiempo da cabida, si se lo permitimos, a la reflexión y a la introspección. Pero un lugar vacío o una vacante para las posibilidades no es lo que moviliza el cambio. Esta cuestión se puede explicar con la teoría del acto-potencia de Aristóteles, que dice que todo ser natural, incluidos los seres humanos, está en potencia para transformarse en un acto, siendo un acto ya en sí (por el simple hecho de que al ser materia, al ser algo, ya somos un acto).

Por ejemplo, un joven que estudia Derecho es un estudiante en acto y un abogado en potencia (si se gradúa y eso es lo que se propone ser, por su puesto); cuando logre ser un abogado, será este en acto y en potencia otra cosa. Esta teoría permite la regeneración individual dejando que cambiemos con respecto a las circunstancias y en lo que nos queremos convertir, y este cambio necesita del tiempo para darse. Entendido esto, podemos afirmar que la potencialidad de algo o de alguien no está determinada por el tiempo que disponemos para llegar a ella, depende de nosotros.

En nosotros está el poder de utilizar el tiempo para curar las profundas heridas que los acontecimientos de la vida nos dejan. Es por eso por lo que es muy necesaria la capacidad de la introspección y la fuerza mental; el motor del cambio viene de dentro, de nuestras entrañas y del color del filtro con el que vemos el mundo. Mucha gente deja pasar los días, los meses y los años estancada en un dolor indiscutiblemente pavoroso del que es incapaz de despojarse, no porque el tiempo no haya pasado, sino porque no posee dentro de sí la fuerza para alejarse del dolor. Dejar atrás una relación tempestuosa, un amigo que no te hacía mucho bien, o una familia en una casa cálida y conocida son cosas que pudren un pedacito de nosotros, nos dejan débiles y vulnerables, lo que hace entendible que haya gente que no pueda salir de un estado de sufrimiento cíclico. Pero no nos podemos quedar ahí.

Mientras el tiempo pasa tenemos que buscar maneras de sanar y seguir adelante, porque las personas no van a parar de llenar el vacío del tiempo, y cobijarse en el vacío solo va a traer soledad y estancamiento. Hay que ser muy fuerte y valiente para levantarse de la cama cuando solo se quiere dormir, cuando solo se quiere oscuridad; para rodearse de gente luminosa y poder reconocer ese brillo; para obligarse a ver las cosas pequeñas que le dan sentido a la vida; para disfrutar de manera honesta y no solo recibir, también dar, dar mucho. Hay que ser muy fuerte y valiente para escoger llenar el cómodo vacío que ofrece el tiempo, que es silencioso y oscuro, una ilusión de paz, y no instalarse en él con una almohada, dejando que otros sufran mientras intentan que llenemos de vida ese vacío.

Con esta reflexión no quiero que dejemos de decir que ‘el tiempo todo lo cura’: es parte de la cultura reducir grandes enseñanzas en frases simples. Pero sí me gustaría que seamos conscientes del esfuerzo de curar, de sanar y que no depositemos en otros o en el tiempo la capacidad de mejorar, de regenerarnos, de cambiar. Solo en nosotros descansa ese poder y debemos utilizar el tiempo sabiamente para llenarlo de cosas que nos potencien y nos den fuerza para crecer en esos momentos donde la vida nos pone a prueba.


Antonella Pedota

Antonella Pedota