Reflection

Escribir es un acto de resistencia

Escribir es un acto de resistencia

Escribir es un acto de resistencia

A través de la carta que le envió su amigo Cristóbal, el autor nos enseña el valor de la escritura y los pequeños gestos en un mundo acelerado.

A través de la carta que le envió su amigo Cristóbal, el autor nos enseña el valor de la escritura y los pequeños gestos en un mundo acelerado.

A través de la carta que le envió su amigo Cristóbal, el autor nos enseña el valor de la escritura y los pequeños gestos en un mundo acelerado.

Sep 1, 2022

Sep 1, 2022

Hace unos días recibí una carta física, escrita de puño y letra, de un gran amigo poeta. Una carta que venía desde el fin del mundo. Una carta personal, afectuosa y nostálgica, que me contagió de alegría, entre otras cosas, por lo que significa hoy recibir una carta resultado de un ejercicio escritural ya tan olvidado y en desuso.

Cristóbal, mi querido amigo, es antes que nada poeta, un poeta contemplativo que celebra las mínimas circunstancias de cada día, un paseante que convierte las hojas del otoño en delicados y transparentes versos, un transeúnte tímido, pero siempre atento a la más mínima brisa. Además, es ingeniero, una ecuación muy interesante y curiosa. Cultiva con fina precisión una transparencia hoy escasa, casi un milagro en tiempos donde abundan la incertidumbre, la confusión, las prisas y el feísmo. Mientras le leo, recuerdo su sonrisa que siempre es un regalo en estos tiempos del ceño fruncido, en que abundan los enfadados con el mundo y se cultiva el mal rollo, el odio y la mala uva. Dos cosas fundamentales hace mi particular amigo: reza y escribe con una dedicación de orfebre y con gran devoción.

Y escribe cartas, Cristóbal, como esta, preciosa, que recibí hace algunos días y que leo y vuelvo a leer con alegría. No hay alegría comparable a la de recibir una carta que alguien se dio el tiempo de escribir, sin esperar que esta se difundiera para viralizarla y contar los likes que suma. Hay algo de gratuidad e inutilidad en el hecho de enviar cartas, valores ya casi perdidos en tiempos donde reinan los algoritmos de lo útil y de lo eficaz. En ese espacio virtual no hay abrazos ni miradas contenedoras para acogernos, porque la superficie plana y fría de la pantalla no tiene calor humano. ¿Cómo llegamos a esta especie de callejón sin salida?

Considero que escribir cartas en estos vertiginosos tiempos es un acto de absoluta resistencia. Resistencia al capitalismo del control en el que vivimos (o sobrevivimos) Esta dinámica perversa que vigila nuestros gustos, hábitos, movimientos y nos hace creer que somos usuarios cuando en realidad no somos más que productos, gobernados por un algoritmo que se alimenta de nosotros como un godzilla insatisfecho. Resistencia también a las prisas, al tiempo delirante tan característico de nuestra sociedad actual. El amor por la palabra, las palabras.

Pablo Neruda, el poeta chileno decía, “Me postro ante ellas. Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito. Amo todas las palabras. Las inesperadas. Las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen. Vocablos amados. Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras. Son antiquísimas y recientísimas. Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada.” Sin lugar a dudas, todo está en la palabra. Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se colocó dentro de una frase que no la esperaba.

Coger un papel, como Cristóbal, escribir a mano sobre este, darse el tiempo para llevar la carta a una oficina de correos, son gestos que declaran una poética de la calma, tan necesaria en tiempos en que todo es fast, desde la comida, la ropa, las relaciones, los estudios, el trabajo hasta la política. No hay tiempo para digerir, no hay tiempo para construir, procesar, macerar porque la inmediatez ha violentado nuestra vida, nuestra naturaleza y también, de alguna manera, nuestra existencia, convirtiéndonos a todos en viajantes aturdidos de este mundo que nunca están de verdad presentes en sus propias vidas, en sus propios actos y tampoco en sus propias decisiones. Personales y profesionales.

No hay tiempo para desarrollar ese maravilloso arte de escuchar y de esperar, tan necesarios en esta época de atolondramientos y precipitaciones. Escuchar y esperar para tomarnos el tiempo que requieren toda conversación y encuentro con el otro. Hacer preguntas. Ya nadie hace preguntas. Creo que las preguntas son la maquinaria y la fuerza que impulsa el pensamiento. Sin las preguntas, no tenemos sobre qué pensar. Sin las preguntas esenciales, fundamentales, muchas veces no logramos enfocar nuestro pensamiento en lo significativo y sobre todo en lo sustancial.

No podemos encontrar las respuestas correctas, sin las preguntas adecuadas. Y luego escribir sin la maldita brevedad del resumen, con la cadencia poética de la lentitud sin esperar sacar algo útil o eficaz. Simplemente escribir sobre el sonido de las hojas en otoño, sobre el mar que ronca con su voz deslumbrante, con el magnetismo de su oleaje galopante, sobre la esperanza, sobre las transformaciones silenciosas, sobre el peligro de la desertificación interior, sobre el vuelo de las grullas o sobre la estrategia del caracol. Escribir con honestidad, escribir para no llorar.

La carta física es una muestra del optimismo poético, escrita a mano, es una forma de la presencia, que hay que recuperar urgentemente, porque nuestra vida se ha vuelto más fugaz de lo que ya era antes de esta aceleración y por lo tanto más vacua, más intrascendente, más fantasmal, incluso. Y, por último, la carta física también es una forma de resistencia a la hipercomunicación, a la virtualidad agresiva, desmedida, destructiva en la que estamos inmersos y que bulle con todo su poderío en las redes sociales. Porque en esa aparente hipercomunicación se esconde una preocupante incomunicación total. Nadie de verdad escucha, nadie de verdad lee, nadie de verdad escribe. Son sólo pulsiones primarias sin sentido, y no encuentros amistosos, reflexivos y pausados.

Cristóbal es un héroe en esta época de atolondramientos y precipitaciones, tan crispada y agresiva. Para mí es un gran líder, humilde, curioso, que sabe qué es lo realmente importante, porque en la vida lo importante tiene siempre que seguir siendo lo importante. Porque el liderazgo no es una posición, no es un despacho moderno o el coche de última generación, el liderazgo es una forma de ser y de pararse ante la vida. El liderazgo es inspirar a otras personas para que crean en sí mismos y desplieguen todo su potencial. Es el más moderno de mis amigos, pienso.

Representa lo mejor de mi generación donde aún se cuidan los saludos, los cafés conversados y el dar las gracias, maravilloso himno en vías de extinción. Se resiste a convertirte en consumidor de tiempo, en consumidor de afecto, en un consumidor de cine y literatura, consumidor de internet, consumidor de trabajo, de política y de información fácil, y escribe cartas como expresión de resistencia a ese consumismo insaciable que nos consume por dentro.

Escribir cartas pienso que en el fondo es un acto de gratitud. Le pedí a Cristóbal que por favor no deje de enviarme estas cartas que me hacen mejores mis días. También le escribiré una carta de puño y letra y se la enviaré por correo, y le diré todo lo que no se puede decir virtualmente. Me ha recordado que no debo dejar de practicar esta estupenda forma de resistencia y de rebeldía casi épica.

Roberto Cabezas, Expert in Higher Education Management

Roberto Cabezas, Expert in Higher Education Management