Narration

La escena de las velas

La escena de las velas

La escena de las velas

En este extracto del libro “La Celestina (de septiembre)”, don Ernesto celebra el cumpleaños de su sobrina ausente.

En este extracto del libro “La Celestina (de septiembre)”, don Ernesto celebra el cumpleaños de su sobrina ausente.

En este extracto del libro “La Celestina (de septiembre)”, don Ernesto celebra el cumpleaños de su sobrina ausente.

Jul 20, 2022

Jul 20, 2022

Viernes, veintitrés de junio, dos de la tarde. En el jardín, los rayos del sol peinaban lánguidamente la parcela. Los soplos del cielo veraniego arrastraban con timidez las hojas caídas. Pasados unos minutos, las nubes cubrieron los árboles y ensombrecieron el terreno. Somnoliento atardecer. Cálido y silencioso atardecer napolitano.

Dos cinco. La casa lucía completamente vacía. De la puerta principal a la escalinata, del primer piso al último, reinaba un sepulcral silencio. Apenas un año atrás, por aquellas mismas fechas, aquellas habitaciones rebosaban de vida. La chica caminaba de un lado a otro, estresada con el fin de semestre. El hombre se paraba cada par de metros, pensando dónde quedaría bien el mueble. La mujer se sentaba y levantaba del sillón, apoyaba la cabeza sobre las manos y hacía una mueca, aguardando a que alguien le prestara atención. Tiempos felices. Felices tiempos pasados.

Dos diez. Unos pasos resonaron por la escalera. Monótonos primero, rítmicos después. Se pausaron de repente. Miró hacia arriba, como si fuera a volver a dar la vuelta. Respiró profundamente y reprimió las ganas. Ya lo había hecho diez veces. Diez veces había subido, tocado la puerta como si hubiera alguien dentro y entrado esperando ver a su pequeña secretaria. Aquella mirada de “me has interrumpido”. Aquella mirada de “déjame en paz”.

Dos quince. El hombre se dirigió a la cocina con paso lento. Apenas tenía fuerzas para moverse. Entró en la despensa y rebuscó en la nevera. Tomó el envase blanco y lo sacó con cuidado. Quitó la tapa. Sobre la bandeja reposaba un hermoso pastel, preparado con cariño para la ocasión. La masa del pastel, de crema pura, quedaba recubierta con un generoso chorro de chocolate blanco, almendras y pasas. Un par de piezas de fruta rompían la armonía penetrando el chocolate. Unos pétalos de iris blanco adornaban la bandeja. La flor de la esperanza. Como diría la cumpleañera.

Dos veinte. Abrió el cajón y sacó un puñado de cilindros púrpuras. Contó una a una las velas hasta que sumaron 23, y luego guardó las restantes otra vez en el cajón. Con la mirada perdida, las fue tomando y clavando con suavidad, hasta disponerlas en un círculo en torno al pastel. Cuando terminó, se inclinó para apoyarse sobre la mesa. 23 años ya. Se le venía un recuerdo de cada uno de ellos.

Dos veinticinco. Cogió el mechero y con cuidado encendió una a una las velas. En poco tiempo, las 23 llamas adornaban el pastel, proyectando su calor y sombra por toda la habitación. Cogió el móvil y volvió a ojear el mensaje, antes de sumirse en un llanto reprimido. Si solamente le hubiera pedido que no se fuera, solamente la hubiera obligado a dar explicaciones. Pero no se lo había pedido. Y ahora, las cosas estaban como estaban.

Dos treinta. Miró el reloj. Apenas seis minutos para unos 23 años que no iba a celebrar nunca más. Sonrió con amargura y se echó sobre una silla, con la cabeza aún perdida en sus pensamientos. Dejó el móvil sobre la mesita y volvió a hincar los brazos cerca del pastel. Pensó en rezar. La mujer de la que estaba enamorado lo hacía a menudo. Juntó las manos y abrió la boca, solo para volver a cerrarla. No sabía que decir. Solo se le venían frases que había escuchado en la iglesia de niño. El recuerdo del incienso le llenaba la cabeza: Consummatum est. Sitio. Lama sabactani.

Dos treinta y cinco. Las llamas bailaban en sus velas, formando tanto una luz esperanzadora sobre el pastel como sombras amenazadoras en la pared. Suspiró y sopló sobre ellas. A pesar de lo débil del soplido, porque apenas podía respirar con la garganta acongojada, apenas quedaron dos encendidas. Se acercó con cuidado. Recordó la frase que le habían dicho unos días antes y la repitió mentalmente: Padre mío, en tus manos encomiendo su alma. Sopló con suavidad sobre una de las velas, casi como una súplica más que un soplo, antes de conseguir apagarla. Quedaba una. Reunió todo el aire que le quedaba y abrió la boca cerca de la vela. La llama retrocedió y se fue haciendo más pequeña. Solo quedaba esa. Esa esperanza. Ese minuto.

Dos treinta y seis. Un estruendo fuera. Sonó el timbre. Pillado por la sorpresa, dejó de soplar y la llama volvió a su sitio. Se levantó, sin entender quién podía venir a verle, y descolgó el telefonillo:

—¿Sí?

—Ernesto, soy yo.

José Javier Ramírez, Alumni @ Talentum

José Javier Ramírez, Alumni @ Talentum